Si pretendiéramos llevar a cabo una revolución social, habría varios puntos que trabajar. La educación, el ensalzamiento de los principios del Estado de Derecho, la regulación de la vivienda o el coto a las farmacéuticas estarían entre ellos. Pero, sin duda alguna, uno de los primeros sería la recuperación del “tercer espacio”.
Ray Oldenburg planteó la existencia de tres lugares. El primero es el hogar, donde desarrollamos nuestra vida íntima. El segundo es el trabajo o la institución educativa, que es donde se produce nuestra actividad productiva. Por último, el tercero hace referencia al espacio donde hacemos comunidad o nos relacionamos con otros fuera de las lógicas de la intimidad y la productividad.
Algunos ejemplos de este tercer lugar son la típica plaza de pueblo, la taberna de toda la vida con sus parroquianos, la puerta de la iglesia tras la misa, la tertulia o la peña. Eran el local del barbero, zapatero o tendero en general, donde los ancianos debatían de fútbol y toros. También eran los mercados antiguos y los lavaderos donde las mujeres se ponían al día de la vida de sus vecinos. Son esos lugares donde nuestros mayores solían echar el rato en comunidad o, al menos, con amistades y conocidos, y que hoy se están perdiendo.
En realidad, esta pérdida es un reflejo del hiperindividualismo propio del capitalismo o, si se prefiere, es una consecuencia nociva de la modernidad. Las exigencias —y autoexigencias— de la productividad nos llevan a exprimir hasta el último minuto de nuestro tiempo. Un hecho que llega al extremo en el caso de los que tienen personas a su cargo.
Es cierto que la tendencia se ha pronunciado tras la experiencia de la pandemia. Las personas salen del trabajo, los chavales huyen de la escuela, los ancianos se mueven fuera de sus hogares, y no tienen adónde ir. Las calles están cada vez más vacías, convertidas en meros lugares de tránsito, los bares ya no son lugares de encuentro espontáneo, y las peñas han quedado como elementos extraños en vías de extinción.
Hay personas que buscan en el asociacionismo, el voluntariado, los gimnasios, los talleres o los clubes de lectura —no escapamos de las lógicas productivas— un sucedáneo de ese tercer espacio. Sin embargo, casi han desaparecido los lugares donde sabes que encontrarás a alguien con quien pasar un tiempo de recreo espontáneo.
Y lo que es peor: las redes sociales han tomado el testigo. Hablamos de espacios virtuales donde el individuo se diluye, la palabra no pesa y la interacción es limitada. Se trata de una de las experiencias “líquidas” por antonomasia, o sea, volátil y superficial.
La carencia de este tercer espacio provoca un aumento del aislamiento en los individuos y un debilitamiento del sentimiento de comunidad. La soledad no escogida no encuentra remedio en espacios compartidos, los niños pierden espacios donde socializar y los adultos echan en falta un lugar de relajación en comunidad.
Si queremos afrontar los problemas de salud mental de la población —en especial, la depresión—, conviene detenerse a considerar la conveniencia de promocionar estos espacios y los beneficios de su uso. Ya no hablamos solo de centros de ocio para mayores o zonas de recreo para niños y jóvenes, sino que también es preciso fomentar el uso de espacios compartidos entre los adultos de mediana edad como opción de socialización.
Las revoluciones comienzan con pequeños pasos. Quizá vale la pena pararse en este y, de paso, regalarnos una buena dosis de salud mental.
Haereticus dixit
Ray Oldenburg planteó la existencia de tres lugares. El primero es el hogar, donde desarrollamos nuestra vida íntima. El segundo es el trabajo o la institución educativa, que es donde se produce nuestra actividad productiva. Por último, el tercero hace referencia al espacio donde hacemos comunidad o nos relacionamos con otros fuera de las lógicas de la intimidad y la productividad.
Algunos ejemplos de este tercer lugar son la típica plaza de pueblo, la taberna de toda la vida con sus parroquianos, la puerta de la iglesia tras la misa, la tertulia o la peña. Eran el local del barbero, zapatero o tendero en general, donde los ancianos debatían de fútbol y toros. También eran los mercados antiguos y los lavaderos donde las mujeres se ponían al día de la vida de sus vecinos. Son esos lugares donde nuestros mayores solían echar el rato en comunidad o, al menos, con amistades y conocidos, y que hoy se están perdiendo.
En realidad, esta pérdida es un reflejo del hiperindividualismo propio del capitalismo o, si se prefiere, es una consecuencia nociva de la modernidad. Las exigencias —y autoexigencias— de la productividad nos llevan a exprimir hasta el último minuto de nuestro tiempo. Un hecho que llega al extremo en el caso de los que tienen personas a su cargo.
Es cierto que la tendencia se ha pronunciado tras la experiencia de la pandemia. Las personas salen del trabajo, los chavales huyen de la escuela, los ancianos se mueven fuera de sus hogares, y no tienen adónde ir. Las calles están cada vez más vacías, convertidas en meros lugares de tránsito, los bares ya no son lugares de encuentro espontáneo, y las peñas han quedado como elementos extraños en vías de extinción.
Hay personas que buscan en el asociacionismo, el voluntariado, los gimnasios, los talleres o los clubes de lectura —no escapamos de las lógicas productivas— un sucedáneo de ese tercer espacio. Sin embargo, casi han desaparecido los lugares donde sabes que encontrarás a alguien con quien pasar un tiempo de recreo espontáneo.
Y lo que es peor: las redes sociales han tomado el testigo. Hablamos de espacios virtuales donde el individuo se diluye, la palabra no pesa y la interacción es limitada. Se trata de una de las experiencias “líquidas” por antonomasia, o sea, volátil y superficial.
La carencia de este tercer espacio provoca un aumento del aislamiento en los individuos y un debilitamiento del sentimiento de comunidad. La soledad no escogida no encuentra remedio en espacios compartidos, los niños pierden espacios donde socializar y los adultos echan en falta un lugar de relajación en comunidad.
Si queremos afrontar los problemas de salud mental de la población —en especial, la depresión—, conviene detenerse a considerar la conveniencia de promocionar estos espacios y los beneficios de su uso. Ya no hablamos solo de centros de ocio para mayores o zonas de recreo para niños y jóvenes, sino que también es preciso fomentar el uso de espacios compartidos entre los adultos de mediana edad como opción de socialización.
Las revoluciones comienzan con pequeños pasos. Quizá vale la pena pararse en este y, de paso, regalarnos una buena dosis de salud mental.
Haereticus dixit
RAFAEL SOTO ESCOBAR
ILUSTRACIÓN: ISABEL AGUILAR
ILUSTRACIÓN: ISABEL AGUILAR






































