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Carmen Garcia Tejera | En el centenario de Josefina Aldecoa

El 8 de marzo pasado se cumplía el primer centenario del nacimiento de Josefina Rodríguez Álvarez, más conocida como Josefina Aldecoa quien, tras la muerte de su esposo, el escritor Ignacio Aldecoa, decidió adoptar su apellido (aunque durante algún tiempo firmó como Josefina R. Aldecoa).


Como él, también nuestra escritora formó parte de esa generación literaria española de los años 50 a la que ya nos hemos referido con ocasión del centenario de algunos de ellos (casi todos nacieron a mediados de los años veinte del pasado siglo), a los que dedicó su ensayo Los niños de la guerra (1983) cuyas páginas nacen —como señala ella— de la necesidad de contar no la propia vida, sino esa vida compartida con los de su generación, vital y literaria.

Es posible que el nombre de Josefina Aldecoa (La Robla -León-, 1926 – Mazcuerras -Cantabria-, 2011) no sea tan conocido como el de otras escritoras de su generación (Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet o Ana Mª Matute) porque, aunque es autora de una amplia obra narrativa, dedicó gran parte de su vida a la docencia. Hija y nieta de maestras herederas del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, participó también de esas ideas renovadoras en el ámbito educativo que propugnaba el krausismo.

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Su vocación pedagógica basada en los supuestos de dicha Institución, unida a sus firmes y densos conocimientos de pedagogía, culminó con la fundación en Madrid del Colegio Estilo en 1959, cimentado en los principios de una enseñanza abierta, humanista y laica, referente cultural y educativo que dirigió hasta su fallecimiento y que, de algún modo, se inspiraba en la escuela republicana a la que asistió de niña.

Preocupación por la enseñanza, presencia de elementos autobiográficos, importancia del recuerdo y atención especial a la mujer son algunas de las claves que marcan la obra de esta pedagoga y narradora. En Madrid, a donde se trasladó para estudiar Filosofía y Letras, entró en contacto con el grupo de escritores que conformarían esa Generación de los 50.

Cronológicamente, su obra aparece en dos etapas muy distanciadas: aunque es autora de cuentos y novelas ya desde los años cincuenta, la primera época se inicia con la aparición de su tesis doctoral en Pedagogía sobre El arte del niño (1960) y con una colección de cuentos titulada A ninguna parte (1961).

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Tras la muerte de su esposo en 1969 hay un largo periodo de silencio que dura veinte años, en los que se dedica sobre todo a la docencia. Reaparece en 1981 con la edición crítica de unos cuentos de Ignacio Aldecoa, al que sigue el ensayo, ya citado, Los niños de la guerra (1983). Entre 1984 y 1988 publica tres novelas: La enredadera, Porque éramos jóvenes y El vergel.

Sin duda, su novela más conocida es Historia de una maestra (1990, que fue llevada al teatro), cabeza de la trilogía que completan Mujeres de negro (1994) y La fuerza del destino (1997), todas ellas de corte autobiográfico, protagonizadas por una joven maestra rural, Gabriela, que desarrolla sus tareas docentes en medio de grandes dificultades de supervivencia desde comienzos de los años veinte y la llegada de la República, hasta el inicio de la guerra civil.

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Viuda y madre de una niña, Juana (voz narrativa en la segunda novela), se casa nuevamente con un rico hacendado mexicano con quien se trasladan a Puebla: poco a poco vamos conociendo las divergencias entre madre e hija, pese al amor que ambas se profesan. Juana regresa al Madrid de la postguerra y se integra en su vida universitaria cuando los estudiantes empiezan a manifestar su rebeldía. En la tercera novela, tras la muerte de Franco, Gabriela vuelve a Madrid: aunque cerca ya de su hija y su nieto, la soledad y sus recuerdos se convierten en una fuente de dudas y reflexiones sobre el paso del tiempo.

El testimonio personal vuelve a aparecer en Confesiones de una abuela (1998). En 2000 publica con el título de Fiebre una antología de cuentos que había escrito entre 1950 y 1990; también recupera en 2005 La casa gris, novela autobiográfica que compuso en los años cincuenta. De 2002 es su novela amorosa El enigma. Y su última novela, Hermanas, se publicó en 2008.

Hemos dejado para el final sus memorias aparecidas en 2003 que titula En la distancia, cuya lectura recomiendo a quienes quieran conocer mejor la vida, el pensamiento y la escritura de esta singular autora. Insiste aquí en el valor de la evocación, del recuerdo: “En este libro hay una buena parte de mi vida hecha, deshecha, reconstruida como un gran puzle. Irremediablemente faltan piezas, fragmentos. El recuerdo reconstruye lo que fue real, adivina lo que aparece sumido en la oscuridad. Nos devuelve, en secuencias brillantes o brumosas, la vida recobrada”.

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Su pasión por la docencia corre pareja a su dedicación a la escritura: “Escribir para mí —afirma— es la máxima compensación. Tratar de expresar lo que pienso y siento, lo que veo o imagino. Tratar de reflejar en mi escritura lo que he vivido y lo que he visto vivir a los demás. Comunicarme con ese lector desconocido, cercano o lejanísimo, a quien llegamos por encima del tiempo y el espacio. El que va a completar el libro que un día escribimos”.

Libros en los que el recuerdo se instala como leit motiv de sus narraciones. Un recuerdo que trasciende la propia biografía para convertirse en un “yo testimonial” de toda una generación, vital y literariamente emblemática, de una vida tan oscura y, a un tiempo luminosa, de la España de los años cincuenta del pasado siglo.

MARÍA DEL CARMEN GARCÍA TEJERA
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL

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