El mundo ha perdido este fin de semana a uno de sus pensadores más influyentes y que más ha contribuido a fortalecer la democracia basada en la razón comunicativa: Jürgen Habermas, el filósofo y sociólogo alemán que elaboró la teoría de la democracia comunicativa, una noción de la deliberación pública, más allá de las instituciones, como centro del pensamiento y la función democráticos. Sin ese poder comunicativo, cuya legitimidad se basa en la fuerza del mejor argumento y no en la imposición, el dominio o el poder, no es posible la democracia deliberativa moderna.
Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas tuvo una niñez y una juventud marcadas por el nazismo. Su padre fue gerente de la Cámara de Industria y Comercio de la ciudad y simpatizante del NSDAP, el partido nazi, del que llegó a ser consejero de economía de la sede local. El mismo Habermas ingresaría como miembro de las Juventudes Hitlerianas, algo que parecía obligatorio a los de su generación.
Tras la derrota del nazismo, Habermas descubre el marxismo y, receloso del comunismo, evoluciona hacia la socialdemocracia, capaz de alcanzar consensos políticos, y hacia un humanismo intelectual que le permitiría abordar todos los asuntos o preocupaciones relevantes de la filosofía y las ciencias sociales.
Entre ellos, la necesidad de desarrollar un enfoque nuevo de la razón dirigido al entendimiento entre sujetos, a un uso público de la razón por el que la sociedad se pone de acuerdo consigo misma y se ilustra a sí misma sobre su voluntad política, formando parte de una esfera pública no institucional que modifica sus actitudes por medio de argumentos.
Jürgen Habermas formó parte de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort, junto a Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse y Max Horkheimer, pensadores que partían de la lectura de Hegel, de Marx y de Freud para concluir que la razón podría ser una promesa de emancipación.
En ese sentido, Habermas fue más allá y, haciendo una revisión radical de la Teoría Crítica, la transformó en su famosa Teoría de la Comunicación, en la que propone una racionalidad no instrumental, distinta a la del mercado o la burocracia, que en lugar de imponer escucha y que funda su legitimidad en la fuerza del mejor argumento, no en el poder de quien habla: en la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza.
Se trata de una síntesis que amplía distintos plexos de investigación filosófica y de teoría social con los que Habermas llevaba trabajando durante años, partiendo de la base de que no hay ningún acceso a la realidad que no esté mediado lingüísticamente; es decir, que la realidad solo existe en dependencia del lenguaje, pues los sujetos piensan y actúan en el entramado del lenguaje. Y solo podemos explorar el mundo con esa forma de racionalidad que es el lenguaje.
Desde ese principio, Habermas concibió una teoría normativa de la democracia deliberativa en la que, si no se puede ejercer ese poder comunicativo, sin esa capacidad de entendimiento entre sujetos sin coacción y sin restricciones, la democracia es imposible.
Esa razón, basada en el mejor argumento, surge de la voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos, una realización intersubjetiva sobre la base de un entendimiento mutuo y de un acuerdo recíproco sobre los hechos, las normas y las vivencias.
Su proyecto de democracia basado en la razón parece hoy más necesario que nunca, justamente cuando se pone en duda su validez como sistema menos malo de convivencia y de gobierno. Habermas creía en el poder de la comunicación y en la necesidad de que los ciudadanos, lejos de limitarse a votar cada cuatro años, participen en la esfera pública, aporten sus puntos de vista y abran debates sobre los asuntos que les preocupan o interesan para que, argumentativamente y sin coacción ni restricciones, acuerden el modelo de convivencia que hace posible una sociedad libre y democrática.
Jürgen Habermas, el filósofo de la razón comunicativa, además de tener una enorme repercusión académica, tuvo una gran influencia como intelectual público. Participaba de la función de vigilancia que tiene la crítica pública y que él ejercía, como intelectual, con destacada intensidad. Intervino sin descanso en la discusión pública, sin esquivar la polémica. De hecho, abogó por defender Ucrania frente a la invasión rusa, cuestionó la intervención en Irak y, incluso, abordó el papel de las religiones en un mundo pos-secular.
Como escribí en otra ocasión, fue un filósofo de la modernidad que actuaba, además, como un intelectual ante los problemas sociales, políticos y culturales de su tiempo, capaz de intervenir de buen grado en los debates de la esfera pública que más le preocupaban.
Entre sus obras destacan La transformación estructural de la esfera pública (1962); Historia y crítica de la opinión pública (1962); Discurso filosófico de la modernidad (1985); su famosa Teoría de la acción comunicativa (1981) y su impresionante Una historia de la filosofía (2019). Y sobre él, habría que señalar Jürgen Habermas, una biografía, de Stefan Müller Doohma (Trotta, 2020), del que extraigo datos para este artículo.
Este pensador racionalista, pragmático, universalista kantiano, pos-marxista, liberal y republicano, fue en realidad un humanista y ferviente demócrata que, desde la filosofía política, se interesó por la filosofía del lenguaje, la ética, la epistemología y la sociología.
Recibió abundantes premios, como el Gottfried Wilhelm Leibniz, considerado la máxima distinción en el ámbito académico de Alemania, y el Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, en 2003. Con su muerte perdemos uno de los pensadores más importante del siglo XX y un guía imprescindible que orientaba la conducta ética y política de nuestro tiempo.
Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas tuvo una niñez y una juventud marcadas por el nazismo. Su padre fue gerente de la Cámara de Industria y Comercio de la ciudad y simpatizante del NSDAP, el partido nazi, del que llegó a ser consejero de economía de la sede local. El mismo Habermas ingresaría como miembro de las Juventudes Hitlerianas, algo que parecía obligatorio a los de su generación.
Tras la derrota del nazismo, Habermas descubre el marxismo y, receloso del comunismo, evoluciona hacia la socialdemocracia, capaz de alcanzar consensos políticos, y hacia un humanismo intelectual que le permitiría abordar todos los asuntos o preocupaciones relevantes de la filosofía y las ciencias sociales.
Entre ellos, la necesidad de desarrollar un enfoque nuevo de la razón dirigido al entendimiento entre sujetos, a un uso público de la razón por el que la sociedad se pone de acuerdo consigo misma y se ilustra a sí misma sobre su voluntad política, formando parte de una esfera pública no institucional que modifica sus actitudes por medio de argumentos.
Jürgen Habermas formó parte de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort, junto a Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse y Max Horkheimer, pensadores que partían de la lectura de Hegel, de Marx y de Freud para concluir que la razón podría ser una promesa de emancipación.
En ese sentido, Habermas fue más allá y, haciendo una revisión radical de la Teoría Crítica, la transformó en su famosa Teoría de la Comunicación, en la que propone una racionalidad no instrumental, distinta a la del mercado o la burocracia, que en lugar de imponer escucha y que funda su legitimidad en la fuerza del mejor argumento, no en el poder de quien habla: en la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza.
Se trata de una síntesis que amplía distintos plexos de investigación filosófica y de teoría social con los que Habermas llevaba trabajando durante años, partiendo de la base de que no hay ningún acceso a la realidad que no esté mediado lingüísticamente; es decir, que la realidad solo existe en dependencia del lenguaje, pues los sujetos piensan y actúan en el entramado del lenguaje. Y solo podemos explorar el mundo con esa forma de racionalidad que es el lenguaje.
Desde ese principio, Habermas concibió una teoría normativa de la democracia deliberativa en la que, si no se puede ejercer ese poder comunicativo, sin esa capacidad de entendimiento entre sujetos sin coacción y sin restricciones, la democracia es imposible.
Esa razón, basada en el mejor argumento, surge de la voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos, una realización intersubjetiva sobre la base de un entendimiento mutuo y de un acuerdo recíproco sobre los hechos, las normas y las vivencias.
Su proyecto de democracia basado en la razón parece hoy más necesario que nunca, justamente cuando se pone en duda su validez como sistema menos malo de convivencia y de gobierno. Habermas creía en el poder de la comunicación y en la necesidad de que los ciudadanos, lejos de limitarse a votar cada cuatro años, participen en la esfera pública, aporten sus puntos de vista y abran debates sobre los asuntos que les preocupan o interesan para que, argumentativamente y sin coacción ni restricciones, acuerden el modelo de convivencia que hace posible una sociedad libre y democrática.
Jürgen Habermas, el filósofo de la razón comunicativa, además de tener una enorme repercusión académica, tuvo una gran influencia como intelectual público. Participaba de la función de vigilancia que tiene la crítica pública y que él ejercía, como intelectual, con destacada intensidad. Intervino sin descanso en la discusión pública, sin esquivar la polémica. De hecho, abogó por defender Ucrania frente a la invasión rusa, cuestionó la intervención en Irak y, incluso, abordó el papel de las religiones en un mundo pos-secular.
Como escribí en otra ocasión, fue un filósofo de la modernidad que actuaba, además, como un intelectual ante los problemas sociales, políticos y culturales de su tiempo, capaz de intervenir de buen grado en los debates de la esfera pública que más le preocupaban.
Entre sus obras destacan La transformación estructural de la esfera pública (1962); Historia y crítica de la opinión pública (1962); Discurso filosófico de la modernidad (1985); su famosa Teoría de la acción comunicativa (1981) y su impresionante Una historia de la filosofía (2019). Y sobre él, habría que señalar Jürgen Habermas, una biografía, de Stefan Müller Doohma (Trotta, 2020), del que extraigo datos para este artículo.
Este pensador racionalista, pragmático, universalista kantiano, pos-marxista, liberal y republicano, fue en realidad un humanista y ferviente demócrata que, desde la filosofía política, se interesó por la filosofía del lenguaje, la ética, la epistemología y la sociología.
Recibió abundantes premios, como el Gottfried Wilhelm Leibniz, considerado la máxima distinción en el ámbito académico de Alemania, y el Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, en 2003. Con su muerte perdemos uno de los pensadores más importante del siglo XX y un guía imprescindible que orientaba la conducta ética y política de nuestro tiempo.
DANIEL GUERRERO
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL






































