Tras la tragedia de las guerras mundiales, el gran fotógrafo Edward Steichen dirigió uno de los proyectos fotográficos más ambiciosos de todos los tiempos: The Family of Man (1955). La idea era ofrecer diferentes imágenes de cómo vivían un mismo aspecto de la vida personas de diferentes lugares del mundo, que se expuso en el Museum of Modern Art (MoMA).
La muestra estaba dividida en diversas categorías, como el amor, la infancia, el trabajo, etc. Si se tiene la oportunidad de consultar el álbum de la exposición, se puede comprobar que en la categoría de religión —no se denomina así como tal—, aparecen personajes como predicadores estadounidenses, hindúes orando en Cachemira o un coreano postrado en el suelo, entre otros. Cada uno de ellos reza a su propia deidad, sí, pero todos ellos quedan unidos por un mismo sentimiento religioso.
Leemos los poemas del místico sufí Al-Hallaj, y no encontramos apenas diferencias con los de Juan de la Cruz. Incluso el nihilismo —que no es otra cosa que una actitud ante el mundo— nace de la necesidad de posicionarse ante la realidad tangible y la aspiración trascendencia.
Llegamos a una nueva Semana Santa. Se exacerban los sentimientos religiosos y, en ocasiones, la superstición. Pero también los iluminados que hacen chanza del fervor popular mientras que ondean la bandera de la razón. Una razón que hasta el más agnóstico sabe que cojea y que, cuando se convierte en ideología, puede llevar al sinsentido.
En este momento de intolerancia e intransigencia generalizadas, hagamos como en la exposición de Steichen y quedémonos con los sentimientos que nos unen. O al menos respetémoslos. Aunque solo sea por fastidiar a quienes viven de dividirnos.
Haereticus dixit
La muestra estaba dividida en diversas categorías, como el amor, la infancia, el trabajo, etc. Si se tiene la oportunidad de consultar el álbum de la exposición, se puede comprobar que en la categoría de religión —no se denomina así como tal—, aparecen personajes como predicadores estadounidenses, hindúes orando en Cachemira o un coreano postrado en el suelo, entre otros. Cada uno de ellos reza a su propia deidad, sí, pero todos ellos quedan unidos por un mismo sentimiento religioso.
Leemos los poemas del místico sufí Al-Hallaj, y no encontramos apenas diferencias con los de Juan de la Cruz. Incluso el nihilismo —que no es otra cosa que una actitud ante el mundo— nace de la necesidad de posicionarse ante la realidad tangible y la aspiración trascendencia.
Llegamos a una nueva Semana Santa. Se exacerban los sentimientos religiosos y, en ocasiones, la superstición. Pero también los iluminados que hacen chanza del fervor popular mientras que ondean la bandera de la razón. Una razón que hasta el más agnóstico sabe que cojea y que, cuando se convierte en ideología, puede llevar al sinsentido.
En este momento de intolerancia e intransigencia generalizadas, hagamos como en la exposición de Steichen y quedémonos con los sentimientos que nos unen. O al menos respetémoslos. Aunque solo sea por fastidiar a quienes viven de dividirnos.
Haereticus dixit
RAFAEL SOTO ESCOBAR
FOTOGRAFÍA: JUAN PABLO BELLIDO
FOTOGRAFÍA: JUAN PABLO BELLIDO






































